sábado, 31 de diciembre de 2011

Enfermera diplomada

(carbonilla y tiza sobre papel, 35 x 50 cm)

Julieta Contreras debería haber llegado a la medianoche para suministrarle el antibiótico a mi padre. No apareció. Tampoco a las seis de la mañana, hora en que correspondía la siguiente dosis de un tratamiento que no podía interrumpirse. No hay señales de ella, no contesta las llamadas al celular y es imposible dejarle mensaje alguno. Sólo que, durante la tormenta de anoche, un rayo la alcanzara y la haya desintegrado, o un cable de altísima tensión cayera sobre su extenso cuerpo y muriera carbonizada, o se ahogara después de haber sido arrastrada por la corriente y terminara aspirada por el agujero de una alcantarilla descubierta, o quizás muriera estrangulada por no poder pasar por ese agujero, o que algún árbol de todos los que cayeron, o todos juntos, mejor, la hayan aplastado y dejado desparramada en miles de pedacitos por la vereda. Eso, sólo eso podría llegar a ser una causa justificada. O mis mejores deseos para ella con motivo de las inminentes fiestas.


participación en Una idea... mucho arte

y llegó tarde para la propuesta "La otra navidad"

de La esfera cultural

jueves, 22 de diciembre de 2011

La Ventana


(óleo sobre tela, 80 x 80 cm)

Después del naufragio la imaginé hundida en el fondo del océano y allí la abandoné por algún tiempo. Todas las noches la observaba. Siempre ahí, detrás del ojo de buey con la actitud de quien trata de vislumbrar una salida. Llegó a fastidiarme tanto que pensé en borrarla o ahogarla de una buena vez, no soportaba verla en ese interminable intento de salir, sin hacerlo nunca.

La transformación comenzó a partir de ese pensamiento. Tomó la decisión de emerger y me pareció razonable. Lo que fue el ojo de buey de un barco hundido pasó a ser una simple ventana redonda en un muro de color rojo rabioso. Los cambios no le sentaban nada mal, pero persistía cierta incomodidad. Su larga cabellera pasó por periodos de intensos amarillos, luego verdes, para quedarse en el azul y traspasar los límites del marco circular. No recuerdo bien qué vino después, si el seno que juntó coraje y se desbordó al salirse del sostén, o las manos. Ya no puedo asegurar que esas manos le pertenecen, si serán de ella o serán mías, en fin, da lo mismo.

Esta mujer fue ganando tantos espacios y adquiriendo una entidad tal que verdaderamente llegó a preocuparme. Temí que se saliera del cuadro, y entonces di por finalizada la obra. Luce así en la actualidad. Por ahora. Porque sospecho que seguirá moviéndose.

Dueña de una libertad que ni ella misma conoce, me dijo cuando la vio.

Y puede que así sea.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

De profesión, sastre

(acuarela sobre papel, 25 x35 cm)

participación en Una idea, mucho arte.


Cuando entró a trabajar en la antigua casa Braudo, mi padre encontró su profesión. De no haber sido así este relato no existiría, por razones obvias y otra razón fundamental. Yo no existiría. En la antigua casa Braudo, donde casualmente cada traje venía con dos pantalones, además de su profesión, encontró a mi madre. Y hasta ahora nunca se separó de ninguna de las dos.
Géneros, moldes, hilos de colores, escuadras, tijeras, agujas, alfileres, eran sus herramientas de trabajo y mis juguetes favoritos. Aprendí a contar y clasificar inventariando cientos de botones. También fui su asistente. En la larga mesa del comedor solía extender las telas que llegaban hasta el piso. Él cortaba desde arriba y yo con mi tijerita cortaba desde abajo. Claro que mi intervención le provocaba algunos dolores de cabeza.
Difícil de olvidar aquel verano cuando permití que me cortara el pelo. Hubiera deseado que toda la arena de Mar del Plata me tapara. Tendría unos quince años, pero con ese flequillo de dos, a lo sumo tres centímetros de largo, derechito, como medido con regla milimétrica, parecía de diez o menos.
Actualmente continúa aplicando los principios del buen sastre en todas sus actividades, que no son pocas. La huerta luce simpática y colorida. Plantines agrupados en progresión de talles, ataditos con retazos que flamean con el viento. Es el encargado de preparar los sándwiches triples en todas las fiestas familiares. Acomoda las capas de miga y de fiambre como si de recortes de tela se tratara. Una vez armada una pila de considerable altura, se saca el centímetro del cuello, toma medidas, obtiene el molde del sándwich, corta y así le quedan, todos igualitos.
Cuatro costuras realizadas por expertos sastres cirujanos dan cuenta de la intensidad de su vida.
Y una amorosa puntada invisible une su corazón con el mío.

lunes, 24 de octubre de 2011

Cambio de cuerito asistido por ordenador




(carbonilla sobre papel, 20x30 cm)

Cansada de esperar al plomero decidí tomar cartas en el asunto. Como es mi costumbre y ante la ausencia de alguna persona que pudiera asesorarme, recurrí a Internet. Escribí en el buscador “como cambiar el cuerito de una canilla”. Apareció una larga lista de videos publicados. El primero que encontré se titulaba “Actividad: cambio de cueritos”. No comprendo cómo se les ocurrió musicalizarlo con el tema Ojalá, de Silvio Rodríguez. Igual fue divertido, sobre todo el final, cuando unas cuantas personas celebraban felices la actividad satisfactoriamente resuelta. Accedí a algunos videos más, hasta que di con el adecuado, según mi apreciación. Empezó bien, con la lista de las herramientas necesarias. Empecé mal, no encontré ninguna de esas en la caja -llena de cosas inútiles, por lo visto- . Pero me imaginé que una pinza y un par de destornilladores podrían servir. Prosiguió bien, enumerando las piezas de una canilla. Proseguí mal, la de mi baño no se parecía en absoluto. Pero le puse voluntad. Había una tapita que retirar. La tapita no salía. Yo había conversado con un plomero en la ferretería. Quiso explicarme, pero, para variar, me perdí casi ni bien comenzó. Lo único que recuerdo es que la rosca podría estar atascada con sarro, y el vinagre era una eficaz solución. Eché vinagre y, efectivamente, la tapita cedió. Un tornillo que quitar. Eso anduvo perfecto. Después sacar la manija. Me costó pero pude. De ahí en más todo fue una gran confusión. Había algo denominado vástago y adentro estaba el preciado cuerito. No hubo caso. Jamás lo encontré. El video, como siempre, tardaba un montón en cargar y yo ya estaba fastidiada de correr del baño a la computadora. Entonces decidí armar todo de nuevo como estaba y esperar al plomero. Abrí la llave de paso y probé la canilla. La abría y salía agua. La cerraba y dejaba de salir, tampoco goteaba. Una maravilla. Todavía me dura la alegría. Son buenísimos estos videos, impresionante todo lo que se aprende. Ahora sé de la existencia del “cierre cerámico”. Ni pienso preguntar qué hago con el cuerito que compré.

domingo, 2 de octubre de 2011

Las siete bañistas



(óleo sobre tela, 50 x 70 cm)

Participación en Una Idea, mucho arte...

Siete los días de la semana. Siete notas musicales. Son siete los colores del arco iris y siete los pecados capitales.

Aseguran que también son siete las variaciones de un extraño rayo cósmico proveniente de la Osa Mayor, responsables de la multiplicidad de almas que rondan por aquí. Un rayo azul rige la voluntad, pero también el orgullo y la ambición. El amarillo rige tanto el amor y la intuición como la indiferencia y el desdén. Rojo para la inteligencia y a su vez la imprecisión y la crítica. Blanco es belleza, armonía, percepción. Del mismo origen el egoísmo. Verde de la ciencia, el intelecto, el sentido común, y además responsable del prejuicio y el rencor. Dorado de la devoción, el idealismo y nada menos que la ira. El séptimo y último rayo es violeta, el de la ley y el orden, también de la intolerancia y del fanatismo.

Me preguntaron cuál era el rayo dominante de mi vida. Lo pensé un rato largo. Volví a leer detenida y profundamente lo bueno y lo malo de cada uno de los rayos, tratando de poder identificarme con algún color. Pero no pude. Es que soy una y tantas a la vez.

martes, 13 de septiembre de 2011

Perdido


(óleo sobre papel editado digitalmente, 32x32 cm)



Busqué en Google. Consulté la Wikipedia. Pregunté a los muñequitos del Messenger, ni siquiera estaba tu perfil. Ni Facebook ni Twitter publicaron noticias tuyas. Examiné el escritorio, ícono por ícono. Hasta di vuelta la papelera de reciclaje por si acaso te hubieras traspapelado.
Te perdí en el ciberespacio.

lunes, 22 de agosto de 2011

La huella del Ángel

(carbonilla y pastel, 30x48 cm)


Y aquí está.
Recién nacida.
Recién llegada.
Es mínima.
Increíblemente bella.
Pequeñita y frágil.
Cosita tan tierna que
es imposible no morirse de amor con solo mirarla.
Más dulce que el más dulce de los copos de azúcar.
Más suave que el más suave de los capullos de la flor más suave.
Más cálida que el más cálido rayito de sol.
Más soñada que la más soñada de las noches de luna llena que pudieron haber existido jamás.
Más transparente que el agua más transparente que pueda caer desde lo alto de una montaña.
No hay fragancia de rosas que pueda compararse a su perfume.
Las estrellitas del cielo seguro no serán así de luminosas.

Y aquí está.
En mis brazos.
Sonríe.
Hace pucheritos.
Respira moviendo rítmicamente su cuerpecito.
Se despereza, y estira sus piecitos y manitos.
Sueña
y con los ojitos cerrados mueve juguetonamente sus pupilas.
Entre su porotito hecho nariz
y su boca de fresa,
un leve surco vertical.
La huella del ángel que la acarició dulcemente
instantes apenas antes de nacer,
sellando la memoria del paraíso dentro de su ser.
Suspira,
cada suspiro hace obra en mí
y me permite intuir el paraíso aquel.

Y aquí está.
Puro amor.

(para mi pequeña sobrina Lupe)


miércoles, 10 de agosto de 2011

Vacaciones en Brasil (o la tubería central)



(tinta sobre papel, 25x30 cm)


"Tudo o que você precisa para se sentir bem", decía el slogan del complejo. Amplios departamentos con vista al mar. La construcción permitía que todos gozaran de esa maravillosa vista. También permitía que, como las rendijas de ventilación daban a una gran tubería central, en el baño se pudiera escuchar lo que sucedía en los demás.
La acústica del hueco era envidiable. Los sonidos provenientes de todos los baños del edificio confluían allí en una sinfonía de intimidades. Esta sinfonía tenía sus cuatro movimientos, a saber: mañana, mediodía, tarde y noche. El primer movimiento, un allegro, coros de grifos al ritmo de los cepillos de dientes. El segundo movimiento a veces me lo perdía, muchos no volvíamos a almorzar y nos quedábamos en la playa, tampoco era muy interesante, el tema era siempre el mismo y no tenía casi variaciones. El tercer movimiento era prestíssimo, donde las duchas tomaban protagonismo. Cada tanto intervenían las voces de algún tenor, barítono, soprano, contralto, o todos los matices vocales juntos, y era fácil identificar a los directores de orquesta que decidían a quién le tocaba bañarse primero. En el cuarto: el nocturno, no podía ser de otra manera, más dulce, libre y con cierto dejo de romanticismo.
Pero claro, algunos sonidos que se infiltraban en la sinfonía eran realmente indeseables. Había que ingeniárselas para evitar oír y ser oídos. Tratando de ver el lado positivo de las cosas, enseguida encontré algunos beneficios de esta vía de comunicación.
Durante el tercer movimiento la diversión era escuchar la nueva excusa que inventaba la madre de aquel curioso niñito, que insistía en entrar y verla desnuda. Después, el argumento demoledor del pequeño ante la negativa, y la madre preguntándose cuándo la dejarán bañarse tranquila.
En el primer movimiento extendía mi estadía en el baño el tiempo suficiente para no perderme el siguiente capítulo de “La pesadilla”. Padre divorciado que no había tenido mejor idea que manejar más de dos mil kilómetros para llegar al complejo con tres hijas adolescentes, invirtiendo además sus pocos ahorros. Una lloraba porque extrañaba a su mamá. Otra por puro aburrimiento. La tercera porque ningún traje de baño le quedaba y sus hermanas se negaban a prestarle el suyo. Al padre se lo escuchaba en actitud conciliadora los primeros días, algo cansado después, le siguió la desesperación, hasta culminar en una explosión aquella mañana en que, después de descargar todo lo acumulado, amenazó con adelantar el regreso. Casi casi que lo aplaudo, o aplaudimos, esa vez éramos muchos agolpados en el baño tratando de escuchar por las rendijas.
Lejos de la tubería sinfónica, mi mayor entretenimiento era bajar a desayunar e ir descubriendo a los directores de orquesta, los cantantes, al niño, su madre, la adolescente que extrañaba, la aburrida, la que no le entraba la malla, el sacrificado padre y otros tantos más. Algunas vidas con las que compartí momentos de íntima musicalidad y por las que pasé de incógnito por un ratito.



Participación en La Esfera Cultural

lunes, 25 de julio de 2011

La espera

(óleo sobre madera, 40x50cm)

Participación en Una idea... mucho arte.


La mesa estaba reservada. Las copas esperaban ansiosas el delicioso momento en que se llenarían con las dulces bebidas exóticas que ellos acostumbraban a compartir. ¿Habría alguna ocasión especial esta vez? Vaya pregunta, si cada día fue motivo de celebración para los dos.


Se acercaba la hora y ninguno aparecía. Igual era natural que llegaran tarde, se los veía siempre algo distraídos. Eran de ese tipo de personas que tienen cierta dificultad para sincronizar su reloj interior con el establecido. Así que no sería raro que ella se haya detenido a contemplar cómo caían las hojas secas de los árboles, dejándose envolver por el paisaje, o que él se hubiera quedado en algún compás de una hermosa canción o leyendo a toda prisa para terminar otro capítulo más de un libro. Y claro, siempre algo inesperado les pasaba. El problema radica en el enorme conflicto que les representa estimar un tiempo a aquello que no se espera, ese “por si acaso” que la gente corriente suele considerar. Era muy gracioso cuando cada uno comenzaba a explicar los motivos de la tardanza. ¿Por qué será que siempre les sucedían cosas tan increíbles?


Los minutos pasaban y las copas empezaban a inquietarse. Seguramente él se habría retrasado más de la cuenta, lo que ocurría muchas veces, sino todas. Y después las llaves que no aparecen, el colectivo que no llega. El tránsito está fatal en estos días y ella se encontraría atascada en la autopista. Llegarían nerviosos y a las corridas, como si los estuvieran viendo. No importaba, se despojarían de toda preocupación en el instante mismo del encuentro, a salvo en el universo de íntima complicidad que pudieron construir.


Una hora de demora. Qué extraño. Puede ser que estuviera lloviendo afuera y hayan decidido no salir. Pero no, la lluvia no es un impedimento para ellos, sino más bien una bendición, cuántas veces los han visto llegar tan empapados como desbordantes de alegría. Esas húmedas veladas fueron las más románticas.


Hora y media ya. Nunca tanto. Quizás se extraviaron en el camino. Es altamente probable. Si cuando iban por esas callecitas que tanto les gustaba recorrer, luego de unas cuantas vueltas ya no sabían dónde estaban. Era inevitable que se les enfriara la comida mientras seguían perdidos el uno en los ojos del otro.


Dos horas. Tres. La ceremonia no sería posible. El tiempo agotó toda esperanza. La mesa aún intacta, reservada. Las copas… las copas vacías.

jueves, 30 de junio de 2011

El Dorrego

(tríptico en óleo sobre tela, 24x30cm, 50x30 cm, 24x 30cm)

Participación en Una idea... mucho arte

No sólo hay una atmósfera melancólica que lo envuelve, algo extraño sucede en El Dorrego. Parecería que un hechizo o algo así se apodera de las historias de sus visitantes, las de amor son sus favoritas. Permanecen en el bar condenadas a repetirse eternamente. Imágenes de sus protagonistas se replican miles de veces como fractales, revelando en forma simultánea las diferentes fisonomías que fueron adoptando en el transcurso de sus vidas, en todas sus edades. Fantasmas de historias en pena vagan por El Dorrego, pues no pueden convertirse en historias y ya. Nunca terminan de pasar, porque siempre vuelven a comenzar, y así todo los tiempos.


Si usted cree tener cierta capacidad para percibir un poco más allá de lo real y además posee una alocada imaginación, acérquese al Dorrego, tómese un café, o un cortado, o una lágrima, y podrá comprobarlo. Si no se atreve a entrar, asómese por alguna de sus ventanas. No se lo pierda. Pero le advierto, corre el riesgo de que usted y sus historias queden atrapadas sin remedio en ese juego de imposibles, en un terrible encantamiento.

jueves, 26 de mayo de 2011

Los dos amantes

(óleo sobre cartón, 25x35 cm)


Participación en Una idea, mucho arte.


¿Dónde están los dos amantes? se preguntaban unos a otros. Y buscaban en cada rincón, en cada esquina, por toda calle empedrada. En las estaciones perdidas del tren, en cada par de asientos. En los bares sin tiempo y en las salas de cine desiertas. En bosques solitarios y en bancos de plazas. Entre las notas de una canción, también en sus silencios. Dentro de cada palabra de cada poema de amor. En los pasos de danza. Pensaban descubrirlos en los secretos que ocultan las pinceladas de un cuadro. Caminaban en vano, sin descanso, por los campos de frutillas. Desenvolvían todos los chocolates del mundo. La búsqueda continuaba en noches de luna llena, tardes de lluvia y mañanas de sol. En cada amanecer y en cada ocaso de los días. Llegaron casi a los misteriosos y desdibujados límites entre las tierras de la realidad y de la fantasía, de la vida y de los sueños. Hasta donde no quedaba ya mas nada, en la pura nada buscaban.
Mientras tanto en algún cuarto de hotel los dos amantes permanecían escondidos debajo de las sábanas, deseando que nunca fueran encontrados.

domingo, 8 de mayo de 2011

Serie "Cuentos para mujeres salvajes": Vasalisa la Sabia

(óleo sobre tela, 50 x 70 cm)

"Aprender a dejar morir lo que tiene que morir, y dejar que nazca lo que tiene que nacer." C.Estés

Todos esperaban tanto de Vasalisa. Y ella trataba, todo lo intentaba. En esos intentos depositaba todo de sí. Su energía vital se le iba en esa tarea, así fue convirtiéndose en una mujer sin memoria. Y por esos túneles por donde caen las cosas olvidadas se fueron escurriendo sus más valiosos tesoros, que lo son tal sólo por hacer que la vida no se transforme en un sinsentido. Esencialmente se le olvidó la manera de escuchar a aquella mujer que todo lo sabe, la que habita en su interior desde el más remoto de los tiempos. Esa mujer sabe su historia, sabe de su amor, de sus pasiones, de sus más profundos anhelos, anhelos que también cayeron por el túnel del olvido. Sabe cómo rescatarlos.


Andaba Vasalisa distraída con su vida. Pero dicen que los sueños compensan todo aquello que en la vigilia no se puede reconocer. Vasalisa soñaba mucho. A veces, por esa deficiencia de memoria que padecía, los olvidaba sin más, pero a veces los recordaba con vividez. Soñó una vez que querían atraparla, y entonces corría, bajaba escaleras, atravesaba pasillos y se escondía atrás de un ropero de características familiares, allí, escondida, encendía una linterna y ella, la mujer oculta, la que sabe, aparecía. En muchos de sus sueños la escena transcurría internada en aguas subterráneas y tenía largas conversaciones con esa mujer, que a veces tomaba la forma de su abuela, otras de su tía y otra de mujeres totalmente desconocidas.


Quizás en los sueños o quizás en la vigilia, yo no sé bien, Vasalisa recuperó la capacidad de escuchar a esa mujer. La sabia, la salvaje, la encendida, el cielo y el infierno, la luz y la noche a la vez, le habló:

"Basta ya Vasalisa, que no podemos quedarnos y marcharnos al mismo tiempo… Basta ya de quedarte detenida ante esa puerta. Y ya no duermas en el sofá."

viernes, 29 de abril de 2011

El tiempo en Aquilina

(técnica mixta, 40 x 50 cm)

Participación en Una Idea, mucho arte.


Aquilina llegó el 2 de febrero de 1902 (2/2/2) y se despidió de nosotros dos meses antes de cumplir cien años. Fue testigo de prácticamente todo el siglo veinte y del famoso efecto Y2K. Su vida fue una increíble aventura, y estuvo repleta de dificultades. Ante las dificultades puede uno pensar, sentir muchas cosas, pero fundamentalmente puede uno hacer. Y Aquilina hacía.

Guardo en mi corazón aquellos días en que iba a visitarla con mi madre a su casa en Ciudadela. El olor que tenía su casa era especial, jamás lo olvidaré. Llegar, recorrer los pasillos de baldosas de damero ocre y negro. Mirar como se perdía en el cielo la higuera de exquisitos higos colorados con los que ella preparaba su inigualable dulce, y que envasaba en frascos de vidrio con una única tapita de papel manteca a modo de sombrerito. Entrar al comedor y allí el reloj de péndulo en la pared, cuyo sonar tampoco olvidaré jamás. Aquilina vivía pendiente de ese reloj que le iba anunciando las horas para levantarse y salir camino a la feria a comprar duraznos, para almorzar (a las doce campanadas, siempre), para irse a dormir.
Y el tiempo fue marcándole las horas de toda su vida. Hora de juegos en su casa natal, allá lejos en un pueblito de Asturias. Hora del abandono. Hora de escapar y de salvarse. Hora para atravesar caminos y mares. Hora del reencuentro y el abrazo. Hora de calzarse zapatos por primera vez, la de aprender a tender una cama como se debe para que duerman los demás. Hora maravillosa del amor (porque estuvo muy enamorada, lo sé, me lo ha contado en un sueño). Hora de cantar y bailar, de reír. Hora de arremangarse con decisión y ayudar. Hora de llorar a sus muertos. Hora del dolor, el mayor de los dolores, ese que te hace creer que te va a arrancar el alma. Hora de volver a empezar. El tiempo le marcaba el paso a sus pequeños pies, porque eran así pequeños, como los míos. Y ella caminaba, corría, volaba diría.
No se bien si el tiempo atravesaba a Aquilina, o si, mejor, Aquilina lo atravesaba a él.

lunes, 18 de abril de 2011

Colibríes, deseos y pensamientos

(carbonilla y tinta sobre papel, 20 x 30 cm)

Cuenta una leyenda maya que cuando los dioses crearon la tierra con todas sus cosas, crearon al colibrí para que se encargue de llevar los deseos y los pensamientos de los hombres de un lado a otro."Si un colibrí vuela alrededor de tu cabeza, no hay que tocarlo. Porque él tomará tu deseo y lo llevará a los otros. Por eso se habrá de pensar bien y desear cosas buenas para todos. Que por algo pasa el colibrí por tu camino."


Muchos colibríes visitan mi jardín con frecuencia. Son muy sociables y en más de una oportunidad revolotean por mi cabeza y se detienen frente a mi como si quisieran hablarme. No sé, a lo mejor quieren pedirme que vuelva a cargarles los bebederos con más néctar. Aunque me gusta imaginar, como dice la leyenda, que vienen a traerme deseos y pensamientos de otros y que a su vez llevan los míos.


Una mañana, sin saber cómo, entró uno por la puerta de la sala de informática de la escuela en donde trabajo. Abrimos puertas y ventanas, apagamos los ventiladores de techo por las dudas, las porteras trataban de atraparlo con una cortina, le silbábamos desde afuera, probamos de todo y nada. No había forma de hacerlo salir. Daba vueltas en círculos sobre mi cabeza y de a ratos descansaba sobre la paleta del ventilador. Así pasó toda la mañana hasta que me fui, pensando en el triste panorama que me esperaría el lunes siguiente. Inmensa fue mi alegría cuando esa misma tarde me llamaron de la escuela para avisarme que habían logrado ponerlo en libertad y que gozaba de perfecto estado de salud.


Me quedé pensando que habría sido de aquellos deseos y pensamientos que se llevó. Pero todo es algo extraño, por algo pasa el colibrí dicen los mayas, desde hace varios días regresa sobrevolando los pasillos de la escuela y se asoma a la sala. Me acerca desde la puerta los deseos y pensamientos que espero y le entrego los míos para que vuelen por allá. Porque eso sí, ni se le ocurre volver a entrar.

lunes, 4 de abril de 2011

Nuevamente Encuentro...

Este encuentro, mi Encuentro, participó del blog Una idea... mucho arte para la propuesta del mes de marzo y fue seleccionado para la crítica de Eva Magallanes, nada más y nade menos. Sobre Eva qué decir, chilena, licenciada en teoría, estética e historia del arte, increíbles sus críticas sobre arte, lo que sabe, lo que escribe, lo que aprendemos de ella. Tiene un blog hermosísimo, www.lacalarealidadyficcion.blogspot.com en el cual me interno cada semana, siempre hay tanto que leer y aprender que se me pasa el tiempo volando y me olvido de lo mal que me hace leer en la compu.
Bueno, ahí va la crítica, pero antes agradecer. A Una idea por ese espacio que brinda a tantos artistas y a proyectos de artista como yo. A Eva Magallanes por esta crítica tan significativa para mi.

"En esta propuesta se hace visible de manera sencilla, por ello, paradigmática, uno de los axiomas fundamentales de la pintura: el fondo y la figura. Un secreto ancestral se encierra en esta imagen como en las manos plasmadas en las cavernas paleolíticas. Señales que presagian el cumplimiento de lo soñado y deseado. Huellas premonitorias en un espacio contenedor, trabajado de manera rústica a base de azules, violetas y blancos que se despliegan como en un cielo refractario y de vaporosas nubes o como en un mar espumoso y tornasol. Se trata, en verdad, de un fondo que busca establecerse como símbolo, connotando y complementando el mensaje de esas manos que se tocan leves, cuidadosamente, reconociéndose. Por ello, la ausencia de rostros y de cuerpos, por ello establecidas en este sitio despojado de significancia concreta: corolario universal que las sustenta.

Una pintura que se arma con pocos elementos, despojada de argucias plásticas y técnicas cuyo testimonio se transmite de manera directa. Incluso, las características representativas de la acuarela están aquí trastocadas en armonía con el primitivismo que emana de toda la composición, cierta subversión o negación de la academia que podemos apreciar en la posición de los “objetos”, en las perspectivas, en el dibujo y en la aplicación del color.

Las manos, portadoras de un conglomerado de capacidades humanas que cruzan los ámbitos de la creación, del trabajo y del afecto son en esta Obra el registro de un primer encuentro, improntas que quedarán incisas en la historia de aquel mutuo descubrimiento. Ana María las utiliza como emblema del ir hacia el otro, seres disímiles cuyas diferencias se señalan abiertamente en el tamaño y en las tonalidades de la piel; en el detalle del anillo, la diversidad que va hacia la unión y cuyo encontrarse en lo distinto se replica en el fondo acentuándose dicho sentido, clave del amor."

Eva Magallanes

Caricias al alma, estímulos a veces tan necesarios para seguir andando. Nuevamente gracias.

lunes, 28 de marzo de 2011

Encuentro

(acuarela, 25 x 35 cm)

Participación en Una idea... mucho arte

El encuentro puede suceder inesperadamente, por una causa tal vez del destino. Él de inmediato tomará sus manos esperando que le hablen. Ella sin dudar pero sumida en una inquietante turbación reposará con timidez sus manos sobre las de él. Y las dejará hablar de cuando fueron alas y tejían sueños, de cuando fueron redes y rescataban pura fantasía de las profundidades del mar. De un tiempo en que fueron caricia, música, color y poesía. Ella extenderá sus manos y él notará, entre otras cosas, lo pequeñas que son para tocar el piano.

domingo, 27 de febrero de 2011

Los pies de Don Genaro

(óleo sobre tela, 40 x 50 cm)

participación en una idea... mucho arte


Don Genaro, conocido por todos como Alberto. Hijo de Doña Genoveva Benedetta, conocida por todos como Doña Josefa. Al día de hoy nadie se explica de dónde surge Josefa pero sí de dónde vino Genaro. Doña Josefa me contó una vez que cuando nació su primer hijo se le apareció el fantasma de su padre y le ordenó que lo llamara Genaro, amenazándola con que si no lo hacía su hijo sería un infeliz toda su vida. Pero Josefa no pudo convencer a su marido y el primogénito terminó llamándose Juan. Como no podía ser de otra manera Juan fue un infeliz casi toda su vida en este mundo. Después de Juan vinieron Carmen, Ida, Marucha y cuando ya no esperaban a nadie más llegaron los mellizos. Uno se llamó Luis y el otro fue Genaro. Esta vez el padre de Josefa no intervino, pero por si acaso no quisieron volver a enojar al fantasma.
La infancia de Genaro no fue fácil. Familia de muchos hijos y poco trabajo. Josefa hacía lo que podía con los pocos pesos que Francisco, su marido, sacaba como albañil. Así que a veces no había qué comer, y Josefa trataba de engañar un poco el estómago de sus seis hijos con un poco de sopa y algún pobre guiso.
Genaro no olvida aquellos tiempos de platos vacíos.
De sus corridas huyendo con las manos cargadas de frutas que se robaba de la quinta de la iglesia, y el cura jurándole que ni Dios lo salvaría cuando consiguiera atraparlo.
De la noche de invierno en que tenían una fiesta y no tenían abrigo que ponerse. Josefa compró dos sobretoditos al turco que pasaba por la casa, que le daba a pagar en cómodas cuotas. Felices los mellizos fueron a la fiesta estrenando sus calentitos sobretodos. Pero como el cuento de Cenicienta, luego de la fiesta tuvieron que devolver los abrigos al turco.
De la tuberculosis que arrasó con los débiles quince años de Marucha, con sus sueños y sus hermosos dibujos de Sherley Temple que Genaro atesora amorosamente.
Genaro tuvo que abandonar a muy temprana edad los juegos de la niñez. Sin embargo, a pesar de los ochenta y tantos años pesando en sus deformados pies, habita en él un niño. Un niño tierno y juguetón, que sueña, que vuela con su increíble imaginación y nunca deja de sorprendernos.
Genaro, Alberto, papá, papito, mi nene lindo.

viernes, 18 de febrero de 2011

El dedo índice de mi mano derecha

(carbonilla y grafito sobre papel, 48x30 cm)

No fue uno de los mejores días para el dedo índice de mi mano derecha. Una serie de acontecimientos fortuitos lo tuvieron a maltraer.

Era el cumpleaños de Rocío y desde temprano me encontraba trabajando a cuatro manos en la cocina. Empecé por el postre y empezó el calvario del dedo en cuestión.Estaba rellenando la torta con dulce de leche y cuando metí la espátula en el tarro arrastré el dedo por todo el borde que conservaba mínimos restos de la tapita de aluminio que lo recubría. El dolor fue bastante fuerte pero dije “no puedo cortarme un dedo con un tarro de plástico y menos de dulce de leche…”, así que no le di importancia y seguí con la espátula. Comprobé que no solo puedo cortarme un dedo con un tarro de dulce de leche sino que puedo cortarme dos veces el mismo dedo en el mismo lugar con el mismo tarro de dulce de leche en un intervalo de tiempo inferior a sesenta segundos.

Un rato largo lo ahogué bajo el chorro de agua fría de la canilla hasta que dejó de sangrar. Lo aplasté con un algodón cargado de agua oxigenada y después hice malabares buscando inútilmente una curita por toda la casa tratando de mantener erguido al pobre dedo herido. No le quedó otra que soportar a la intemperie, eso sí, con valentía, las inclemencias de la sal y el jugo de limón.

Cerca del mediodía la tarta de manzanas ya estaba en el horno. El tiempo estipulado en la receta se agotaba y necesitaba verificar el punto de cocción. Para ello no me valí de un cuchillo, ni un palillo, no tuve mejor idea que probar con el utensilio que tenía más a mano: mi dedo maltrecho. Con tal puntería que justo lo apoyé en una zona de la superficie de la torta en donde se había formado un burbujeante caramelo.

Corrí hasta la heladera y lo pegué en la pared de hielo hasta que dejé de sentirlo. Fue en vano el intento. Encima de los dos cortes de dulce de leche creció una terrible ampolla de caramelo.

A partir de ese momento se ve que el dedo se cansó de mis descuidos y se negó a colaborar en las tareas que todavía me quedaban por hacer para los festejos de esa noche. No puedo explicar lo difícil que fue todo, bastó con ver el deforme repulgue que alcancé a hacer sin su ayuda a las cuarenta empanadas de carne (al día de hoy continúa resentido, apenas puedo hacer clic en el botón izquierdo del mouse y utilizar la ruedita de scroll está completamente descartado).

Por la noche, sorteando las complicaciones para cortar la torta, servir el helado, destapar botellas, entre otras cosas, los sucesos accidentales de la jornada iban quedando en el olvido. Ya más relajada pude disfrutar de Benjamín, el más pequeño de los invitados. Hace tiempo que aprendió a caminar, ya corre, pero cuando encuentra algún obstáculo pide ayuda. Así que para bajar el escalón del umbral de la puerta su manito se tomó fuertemente de mi índice convaleciente. Creo haber visto juntas todas las estrellas como las que se ven en el cielo de Malargüe sin embargo…la manito chiquita de Benjamín tomando mi dedo, su ingenua mirada de un dulce azul, evaporaron en un instante todo dolor, todo mal recuerdo.

Aquella infinita ternura fue el bálsamo perfecto para cualquier tipo de herida que pudiera padecer, incluso la del dedo índice de mi mano derecha.

sábado, 29 de enero de 2011

El rapto de Europa, y después…


(óleo sobre tela, 50x60 cm)

Trabajo realizado para Una idea ... mucho arte

Dicen que apenas Zeus conoció a Europa se enamoró perdidamente de ella. No sé si los problemas serían allá en el monte Olimpo, con Hera, su mujer, si serían acá en la tierra de los mortales, con la familia de la bellísima Europa. Pero algo impedía que Zeus pudiera conquistarla abiertamente y amarla de cara al sol sin necesidad de transformarse en un manso toro blanco y raptarla. Acaso haya sido timidez, o miedo a que Europa se asustara de él y lo rechazara, es difícil imaginar un dios como Zeus tímido y miedoso. En definitiva actuó como todo mortal, sacó uno de los miles de personajes que llevaba a cuestas y se lanzó a la conquista.

El caso es que Europa se colmó de ternura al verlo y se enamoró de él. Cuentan que consiguió raptarla, cruzaron mares y mares y terminaron amándose bajo un árbol de plátano en la isla de Creta. No creo que fuera la isla de Creta exactamente el lugar para el encuentro, ni tampoco un árbol de plátano. En la isla de Creta no abunda ese tipo de árboles. Así que el sitio elegido podría haber sido la isla de Creta, o la isla de Cozumel, o la de Cronos, y el árbol pudo haber sido un plátano, un algarrobo o un ombú. Eso no importa, estoy segura que no sería un lugar de este mundo ni sería en un tiempo ordinario. El misterio hizo que allí se reconocieran el uno al otro desprovistos de toda máscara, caminaran juntos por los infinitos laberintos de sus almas y se amaran más de lo que se pueda llegar a comprender.

Zeus regresó a sus quehaceres en el monte Olimpo y a sus travesuras en la tierra de los mortales. Antes de marcharse se aseguró que a Europa nada le falte y que tuviera una vida feliz. Así le dejó tres hermosos hijos, frutos de ese amor divino. También le entregó tres regalos mágicos: Talos, el autómata de bronce que por las noches recitaba increíbles historias. Una jabalina certera que se arqueaba como cuerda en las manos y provocaba una música maravillosa. Y Laelaps, el perro que jamás perdía su presa, aunque a veces lo olvidaba y bailaba alrededor de Europa como loco.

Larga y triste fue la despedida entre Europa y Zeus.

Dicen que aún se encuentran despidiéndose, ¿dónde? En algún lugar de la tierra de los sueños, ¿cuándo? A la hora veinticinco. En el único lugar y tiempo posibles.

sábado, 15 de enero de 2011

Serie Cuentos para mujeres salvajes: "Piel de foca, piel del alma"

(óleo sobre tela, 50 x 70 cm)

"sólo querrás descansar en la roca cerca del alma y respirar con ella.” C.P.Estés

Aquella mujer había perdido su piel. Nadie lo notaba. Su creciente palidez, su falta de luz. El tedio poco a poco iba transformando en desierto su entorno. Pudo haber sido exceso de amor, o la falta total de él, o ambas cosas en distintas circunstancias.

Pero casi sin querer, en el momento menos indicado y tal vez siempre esperado, algo sucedió. Soñó. El agua bañaba todas sus imágenes oníricas. Una vez una entrañable anciana vino para contarle historias de amores secretos. Otra vez una extraña mujer apareció, la miró, se compadeció de ella, amorosamente le tomó la mano y la condujo hacia donde su piel la estaba aguardando todo el tiempo.

Con su piel recuperada levantó vuelo. Cantó, bailó, se deleitó leyendo, aprendió cosas nuevas, redescubrió la belleza en las cosas cotidianas. Lo que el mundo dijera de ella había dejado de quitarle el sueño.

Caminó, sin dirección aparente, dejándose llevar por la voz de su alma.

Y volver, y recordarse, y re animar el fuego.