jueves, 28 de octubre de 2010

La habitación


(óleo sobre tela, 40 x 50 cm)
 

Cuando era una niña compartía la habitación con mis dos hermanas. Yo llegué a este mundo algunos años después que ellas y no había espacio para otra cama. Así que cuando mis padres se percataron que ya no entraba más en la cuna agregaron un sofá de una plaza y es ahí donde me tocó dormir.
Me fastidiaban bastante los preparativos de cada noche. Es que cuando uno tiene sueño, bueno, cuando tengo sueño quiero llegar a la cama, enseguida meterme en ella, dormirme y soñar. Pero no, yo tenía que abrir el sofá, cosa que me costaba mucho, buscar las sábanas, la frazada, la colcha y la almohada, no sin antes convencer a Pipo, mi gato negro, para que se bajara por un ratito y me dejara hacer la cama. Pipo se quedaba esperando sentadito en el piso, siguiendo todos mis movimientos y cuando estaba todo listo conmigo ya arropada, pegaba un salto y se acurrucaba a mis pies. Allí dormimos muchísimas noches, Pipo y yo.
Desde entonces deseé un cuarto para mi sola, con una cama bien grande y poder dormir desparramada en medio de ella.
Ahora tengo esa habitación con la que soñaba. Sin embargo, los otros días Naty me hizo notar que sigo durmiendo acurrucada en una punta de la cama, el resto queda intacto como recién tendido. La única diferencia es que ya no está ni Pipo ni nadie.
 
 

domingo, 17 de octubre de 2010

Mamá en la cocina

(óleo sobre tela, 50 x 70 cm)


No existe otro lugar como la cocina de la casa de mis padres. Es especial, casi mágica diría.
Pura calidez. Al mediodía el sol se mete de comedido, entonces llena de luz la mesa y es de lo más lindo almorzar allí y que nos acaricie la cara.
Son deliciosos los aromas que de ella nacen. Todo empieza bien temprano con el olor de las tostadas, del pan casero, le sigue más tarde la obligada sopa, el menú del día con las ollas trabajando a todo vapor, y cuando se prepara alguna masita o un budín para la tarde el olorcito nos viene a buscar por donde estemos y allá vamos como encantados por su hechizo.
Nunca falta el gatito de turno haciendo piruetas por la reja de la ventana y mucho menos los tangos que suenan en la vieja Ranser. Los gatos y el tango son un verdadero clásico de este lugar.
Por las noches se transforma, yo lo he comprobado. Es silencio, es quietud, deja que salgan los pensamientos más profundos, se aclaran las ideas y se gestan otras.
Es una cocina generosa, todo lo brinda. De pronto salen improvisados sandwichitos, pancitos con manteca, una infusión calentita, una copita de guindado, cualquier cosa, pero siempre envueltos en muchísimo amor, y así fluyen las miradas, las palabras, las charlas, las confesiones.
Tantas circunstancias han tenido a esta cocina de escenario. Ha sido testigo de toda mi vida. De ella siempre vengo y a ella siempre voy.