lunes, 22 de agosto de 2011

La huella del Ángel

(carbonilla y pastel, 30x48 cm)


Y aquí está.
Recién nacida.
Recién llegada.
Es mínima.
Increíblemente bella.
Pequeñita y frágil.
Cosita tan tierna que
es imposible no morirse de amor con solo mirarla.
Más dulce que el más dulce de los copos de azúcar.
Más suave que el más suave de los capullos de la flor más suave.
Más cálida que el más cálido rayito de sol.
Más soñada que la más soñada de las noches de luna llena que pudieron haber existido jamás.
Más transparente que el agua más transparente que pueda caer desde lo alto de una montaña.
No hay fragancia de rosas que pueda compararse a su perfume.
Las estrellitas del cielo seguro no serán así de luminosas.

Y aquí está.
En mis brazos.
Sonríe.
Hace pucheritos.
Respira moviendo rítmicamente su cuerpecito.
Se despereza, y estira sus piecitos y manitos.
Sueña
y con los ojitos cerrados mueve juguetonamente sus pupilas.
Entre su porotito hecho nariz
y su boca de fresa,
un leve surco vertical.
La huella del ángel que la acarició dulcemente
instantes apenas antes de nacer,
sellando la memoria del paraíso dentro de su ser.
Suspira,
cada suspiro hace obra en mí
y me permite intuir el paraíso aquel.

Y aquí está.
Puro amor.

(para mi pequeña sobrina Lupe)


miércoles, 10 de agosto de 2011

Vacaciones en Brasil (o la tubería central)



(tinta sobre papel, 25x30 cm)


"Tudo o que você precisa para se sentir bem", decía el slogan del complejo. Amplios departamentos con vista al mar. La construcción permitía que todos gozaran de esa maravillosa vista. También permitía que, como las rendijas de ventilación daban a una gran tubería central, en el baño se pudiera escuchar lo que sucedía en los demás.
La acústica del hueco era envidiable. Los sonidos provenientes de todos los baños del edificio confluían allí en una sinfonía de intimidades. Esta sinfonía tenía sus cuatro movimientos, a saber: mañana, mediodía, tarde y noche. El primer movimiento, un allegro, coros de grifos al ritmo de los cepillos de dientes. El segundo movimiento a veces me lo perdía, muchos no volvíamos a almorzar y nos quedábamos en la playa, tampoco era muy interesante, el tema era siempre el mismo y no tenía casi variaciones. El tercer movimiento era prestíssimo, donde las duchas tomaban protagonismo. Cada tanto intervenían las voces de algún tenor, barítono, soprano, contralto, o todos los matices vocales juntos, y era fácil identificar a los directores de orquesta que decidían a quién le tocaba bañarse primero. En el cuarto: el nocturno, no podía ser de otra manera, más dulce, libre y con cierto dejo de romanticismo.
Pero claro, algunos sonidos que se infiltraban en la sinfonía eran realmente indeseables. Había que ingeniárselas para evitar oír y ser oídos. Tratando de ver el lado positivo de las cosas, enseguida encontré algunos beneficios de esta vía de comunicación.
Durante el tercer movimiento la diversión era escuchar la nueva excusa que inventaba la madre de aquel curioso niñito, que insistía en entrar y verla desnuda. Después, el argumento demoledor del pequeño ante la negativa, y la madre preguntándose cuándo la dejarán bañarse tranquila.
En el primer movimiento extendía mi estadía en el baño el tiempo suficiente para no perderme el siguiente capítulo de “La pesadilla”. Padre divorciado que no había tenido mejor idea que manejar más de dos mil kilómetros para llegar al complejo con tres hijas adolescentes, invirtiendo además sus pocos ahorros. Una lloraba porque extrañaba a su mamá. Otra por puro aburrimiento. La tercera porque ningún traje de baño le quedaba y sus hermanas se negaban a prestarle el suyo. Al padre se lo escuchaba en actitud conciliadora los primeros días, algo cansado después, le siguió la desesperación, hasta culminar en una explosión aquella mañana en que, después de descargar todo lo acumulado, amenazó con adelantar el regreso. Casi casi que lo aplaudo, o aplaudimos, esa vez éramos muchos agolpados en el baño tratando de escuchar por las rendijas.
Lejos de la tubería sinfónica, mi mayor entretenimiento era bajar a desayunar e ir descubriendo a los directores de orquesta, los cantantes, al niño, su madre, la adolescente que extrañaba, la aburrida, la que no le entraba la malla, el sacrificado padre y otros tantos más. Algunas vidas con las que compartí momentos de íntima musicalidad y por las que pasé de incógnito por un ratito.



Participación en La Esfera Cultural