martes, 13 de septiembre de 2011

Perdido




Busqué en Google. Consulté la Wikipedia. Pregunté a los muñequitos del Messenger, ni siquiera estaba tu perfil. Ni Facebook ni Twitter publicaron noticias tuyas. Examiné el escritorio, ícono por ícono. Hasta di vuelta la papelera de reciclaje por si acaso te hubieras traspapelado.
Te perdí en el ciberespacio.

lunes, 22 de agosto de 2011

La huella del Ángel


Y aquí está
llegó recién
es mínima
increíblemente bella
pequeñita y frágil
cosita tan tierna que
es imposible no morirse de amor

más dulce que el más dulce de los copos de azúcar
las estrellas del cielo no son así de luminosas
más suave que el capullo de la flor más suave
no hay fragancia de rosas que pueda compararse a su perfume

y aquí está
en mis brazos
sonríe
hace pucheritos
su cuerpecito se mueve al ritmo de su respiración
se despereza
estira sus piecitos y manitos
sueña
y con los ojitos cerrados mueve juguetonamente sus pupilas

entre su porotito hecho nariz
y su boca de fresa
un leve surco vertical
la huella del ángel que la acarició dulcemente
apenas un instante de nacer
sellando la memoria del paraíso dentro de sí
suspira
cada suspiro hace obra en mí 
y me permite intuir el paraíso aquel.

y aquí está

puro amor

(para mi pequeña sobrina Lupe)

viernes, 29 de abril de 2011

El tiempo en Aquilina


La abuela Aquilina vino al mundo un dos de febrero del año 1902 y se despidió de nosotros dos meses antes de cumplir cien años. Fue testigo de casi todo el siglo veinte y del efecto Y2K.
Su vida fue una increíble aventura, no faltaron las dificultades, más bien abundaron. Ante las dificultades se piensa, se siente, se hace. Y Aquilina hacía.
Mis recuerdos construyen repetidamente el camino que hacíamos para visitarla.
Saben a su cocina.
Huelen a su casa de baldosas ocre y negro, de un patio con una higuera que se perdía conmigo en el cielo.
Oyen el sonido del reloj de péndulo que estaba colgado en la pared del comedor.
La vida de Aquilina se balanceaba al ritmo del reloj que acumulaba las horas de toda su vida.
Hora de jugar bajo los castaños en su casa natal. De la desolación. Del abandono. De bajar del monte con las cabras. De huir. De atravesar caminos y mares. Del reencuentro y el abrazo. De calzarse por primera vez y aprender a tender una cama para que otros duerman en ella. Del amor, porque estuvo muy enamorada, me lo dijo en un sueño. De cantar, de reír a carcajadas. De brindar sus manos y ayudar. Del dolor que te arranca el alma. De llorar a sus muertos. De empezar de nuevo.
Los ciclos oscilantes de su reloj le marcaban el paso preciso a sus pequeños pies.
Dicen que, como el reloj de péndulo, todos tenemos engranajes ocultos que intensifican nuestra fuente de energía.
Mi abuela lo sabía.