lunes, 25 de julio de 2011

La espera

(óleo sobre madera, 40x50cm)

Participación en Una idea... mucho arte.


La mesa estaba reservada. Las copas esperaban ansiosas el delicioso momento en que se llenarían con las dulces bebidas exóticas que ellos acostumbraban a compartir. ¿Habría alguna ocasión especial esta vez? Vaya pregunta, si cada día fue motivo de celebración para los dos.


Se acercaba la hora y ninguno aparecía. Igual era natural que llegaran tarde, se los veía siempre algo distraídos. Eran de ese tipo de personas que tienen cierta dificultad para sincronizar su reloj interior con el establecido. Así que no sería raro que ella se haya detenido a contemplar cómo caían las hojas secas de los árboles, dejándose envolver por el paisaje, o que él se hubiera quedado en algún compás de una hermosa canción o leyendo a toda prisa para terminar otro capítulo más de un libro. Y claro, siempre algo inesperado les pasaba. El problema radica en el enorme conflicto que les representa estimar un tiempo a aquello que no se espera, ese “por si acaso” que la gente corriente suele considerar. Era muy gracioso cuando cada uno comenzaba a explicar los motivos de la tardanza. ¿Por qué será que siempre les sucedían cosas tan increíbles?


Los minutos pasaban y las copas empezaban a inquietarse. Seguramente él se habría retrasado más de la cuenta, lo que ocurría muchas veces, sino todas. Y después las llaves que no aparecen, el colectivo que no llega. El tránsito está fatal en estos días y ella se encontraría atascada en la autopista. Llegarían nerviosos y a las corridas, como si los estuvieran viendo. No importaba, se despojarían de toda preocupación en el instante mismo del encuentro, a salvo en el universo de íntima complicidad que pudieron construir.


Una hora de demora. Qué extraño. Puede ser que estuviera lloviendo afuera y hayan decidido no salir. Pero no, la lluvia no es un impedimento para ellos, sino más bien una bendición, cuántas veces los han visto llegar tan empapados como desbordantes de alegría. Esas húmedas veladas fueron las más románticas.


Hora y media ya. Nunca tanto. Quizás se extraviaron en el camino. Es altamente probable. Si cuando iban por esas callecitas que tanto les gustaba recorrer, luego de unas cuantas vueltas ya no sabían dónde estaban. Era inevitable que se les enfriara la comida mientras seguían perdidos el uno en los ojos del otro.


Dos horas. Tres. La ceremonia no sería posible. El tiempo agotó toda esperanza. La mesa aún intacta, reservada. Las copas… las copas vacías.