viernes, 17 de septiembre de 2010

Gomería

(acuarela sobre papel, 25x35 cm)

El lunes pasado hice mi primer visita a una gomería. Estacioné el auto lo mejor que pude en la puerta, se acercó un empleado, le señalé la cubierta con problemas e inmediatamente se puso a trabajar. Busqué un lugar que no entorpeciera su actividad y me quedé paradita observando cada una de las operaciones que realizaba. Trabajaba en el más absoluto de los silencios, yo tampoco hablaba, me intimidaba un poco encontrarme allí. Aflojó fácilmente un par de tornillos, puso el criquet, sacó la rueda, la colocó en un aparato que separaba la cubierta de la rueda, de ahí a una pileta hasta dar con el clavo, con una herramienta borró la pinchadura, de ahí a otra máquina, luego a otra, y así y así, hasta vuelta a colocar en el auto, quitar el criquet, ajustar los tornillos y listo. Terminó cobrándome diez veces menos de lo que yo suponía costaba el arreglo. Cuando le fui a pagar no pude resistir la tentación de adentrarme un poco más en el local y curiosear con disimulo su interior buscando el típico almanaque sexy que tiene que haber en toda gomería. Vi un enorme afiche con motivos de autos, modelos de tazas para todos los gustos, herramientas colgadas, pero almanaque de ese estilo ninguno.
Siempre había imaginado al trabajo en una gomería muy duro y sacrificado, en precarias condiciones y con herramientas rudimentarias. Se me hacía también que los empleados serían en su mayoría atrevidos, descarados y de pensamientos libidinosos.
Y bueno, se me cayó un mito.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Caminos en acuarela

Este mediodía regresaba a casa como siempre. Mismo camino, mismo automóvil, la música sonando y mis pensamientos rumiando por ahí.

Un hecho trivial alteró la monotonía del viaje. Un atasco en mi camino me hizo detener la marcha para darle paso al vehículo que avanzaba hacia mí. Para mi sorpresa, el conductor se detuvo y gentilmente esperó a que yo pasara primero. Lo hice inmediatamente, no fuera cosa que se arrepintiera de semejante cortesía en los tiempos que corren. Por supuesto agradecí con el típico ademán que se hace en estos casos y diciendo gracias (como si fuera a escucharme…). Me respondió el saludo. Quedé sorprendida de tanta amabilidad. Hay gente amable, dije.

Ni bien llegué a la esquina, un auto, que parecía desarmarse en cualquier momento, casi me embiste al intentar girar repentinamente.Gente loca, dije.

A partir de ese momento me encontré jugando a calificar a todo conductor que se me cruzara. Gente apurada dije, cuando un auto blanco pasó como una estrella fugaz atravesando la calle a toda velocidad. Gente indecisa dije, cuando el del auto de adelante no sabía si avanzar o seguir esperando para cruzar la avenida. Gente, gente, gente… Gente molesta! fue mi última calificación para el vecino de enfrente que siempre deja su automóvil justo en la entrada a mi casa.

Gente desconocida terminé diciendo cuando detuve la marcha. Gente desconocida fue mi compañía en la soledad de mi trayecto y despertó esa tonta disposición que tengo para fantasear disparates.